la belleza en el arte griego

La belleza en el arte griego

Cuenta Hesíodo que, en las bodas de Cadmos y Armonía celebradas en Tebas, las musas cantaron en honor de los novios estos versos coreados por los presentes: “El que es bello es amado, el que no es bello, no es amado”. Estos versos repetidos con frecuencia por los poetas posteriores, expresan en cierto modo la opinión general sobre la belleza entre los antiguos griegos.

En la antigua Grecia la belleza no tenía un condición autónoma, incluso podríamos decir que hasta la época de Pericles, carecían de una auténtica estética y teoría de la belleza. Por ejemplo, al preguntar sobre el criterio de valoración de la belleza, el Oráculo de Delfos respondía: “Lo más justo es lo más bello”, en la edad dorada del Arte Griego la belleza aparece asociada a otros valores como la “medida” y la “conveniencia”. Tampoco es casual que el tema de la belleza vaya asociado con tanta frecuencia a la guerra de Troya. En la Ilíada, Homero no ofrece una definición de la belleza, no obstante hay una justificación implícita en la guerra de Troya, anticipando el escandaloso encomio de Helena, su irresistible belleza la absuelve de todas las desgracias que ha ocasionado. Una vez que Menelao conquista Troya, arremete sobre la esposa traidora para matarla, pero su brazo armado se detiene paralizado por la visión de su hermosura.

Un poco de historia…

Homero refleja en su obra literaria la Odisea, el caos provocado por la penetración de los Dorios procedentes de los Balcanes en la península griega durante el siglo XII a.C. , cuyo avance hacia el Sur destruyó la civilización micénica y determinó el desplazamiento de los antiguos pobladores, entre ellos los aqueos hacia el mar Egeo y las costas de Asia Menor, arrastrando a su vez, las civilizaciones cretenses y troyanas. Desde entonces se produjo una rápida transformación entre estos pueblos, pues los contactos comerciales por vía marítima entre Asia menor y Oriente Medio van a relacionar las dos corrientes que darán origen a lo que conocemos como Arte Griego.

Una de estas corrientes es la Dórica, formalista con tendencia a lo simbólico y lo abstracto en lo decorativo, que aporta un riguroso sistema proporcional; la otra corriente o estilo es la Jónica, más naturalista y sensible que proporciona el gusto por la riqueza ornamental de tradición oriental como seres fabulosos, plantas y animales en un  sentido más esbelto en sus proporciones.

Tradicionalmente, se distinguen tres etapas en el desarrollo del arte griego: un período arcaico enmarcado en los siglos VIII  y XVI, un período clásico en los siglos V y IV, en que el arte alcanza su máxima perfección y universalidad, expandiéndose por todo el mediterráneo occidental, y una tercera etapa el período helenístico, que inicia a partir de la muerte de Alejandro Magno en el año 323 a. C. hasta la destrucción de los aqueos, los corintios y macedonios por el imperio romano.

La concepción del arte griego

La concepción del arte griego no va a responder a criterios religiosos, ya que no se trata de una religión revelada, ni tampoco impuesta por la clase dominante, sino más bien la expresión de un pueblo que creó un complicado entramado mítico para dar respuesta a íntimas interrogantes sobre el origen del mundo. De esta manera podemos afirmar que el artista griego fue un ciudadano que ejercía libremente su profesión, sin ataduras ni condicionamientos impuestos por la autoridad, creando un arte que es la manifestación del sentir estético de un pueblo que lo interpreta como mímesis, imitación de lo bello natural y para quien la belleza posee un carácter matemático y se identifica con la proporción geométrica.

En los inicios del siglo quinto se produce el abandono paulatino de la rigidez primitiva en la escultura, en busca de unas proporciones ideales que tomarán como módulo la cabeza humana, con gran flexibilidad en los movimientos y la expresión facial, los ropajes femeninos alcanzan una gran finura y delicadeza en la transparencia de los pliegues. 

Por ello estos artistas crearon unos sistemas proporcionales canónicos basados en la experiencia natural como reflejo de la propia armonía que rige la naturaleza. La figura humana centró el interés del artista griego desde el período arcaico, y el escultor en particular atendió a la formas anatómicas como organismo vivo y a la relación proporcional entre sus partes como idea y fundamento de belleza, buscando así la expresión de un idealismo que trasciende lo sensitivo. Afirmamos entonces, que el concepto de belleza como armonía conseguida por la relación proporcional  de las partes, constituye el ideal estético del arte en el mundo clásico griego.

La escultura de la época clásica griega gira exclusivamente en torno a la figura humana, persiguiendo la creación del “arquetipo” o modelo perfecto ideal.  El escultor Praxíteles nos introduce en el mundo de la belleza sensitiva, del ocio placentero. Su arte sigue al servicio de la fe, pero las divinidades del Olimpo que crea el artista poco tienen que ver con los dioses hinchados de majestad. Praxíteles lo ve como hermosos jóvenes tranquilos, la mirada perdida en el ensueño, una vaga sonrisa aparece en los labios, mientras los dedos se complacen en su juego pueril, en la dulce paz de la existencia.

La obra escultórica de Praxíteles es sólida y de una refinada calidad plástica. En la cima de la gloria, esculpió su Afrodita de Cnido, tan célebre que de ella se conocen medio centenar de copias. Por primera vez en la historia se nos revela la naturaleza de la Diosa del amor que se muestra sin velos; la cabeza es de una hermosura ideal; es el modelo de una mujer hermosa. Sorprende el maravilloso modelado del busto y la espalda, la forma elegante de las piernas, todo su cuerpo sólido y macizo, sin pliegues y hoyuelos. Hasta cierto punto es casta: su cabeza está libre de pasión, la hermosa mujer mira tranquila, sin turbarse por manifestar el encanto de la belleza inmortal de su naturaleza femenina.

La belleza en el arte griego
Afrodita de Cnido. Escultor Praxíteles. Museo del Vaticano

La Diosa del amor siempre fue representada vestida, el arte griego todavía conservaba ciertos prejuicios contra el desnudo de la mujer. La afrodita de Praxíteles no parece tener precedentes, debió ser una obra de taller ejecutada en la soledad de su genio, tal vez en las horas que le dejaban libres los encargos. Como todas las obras del gran maestro, aparecía ligeramente policromada: el color suave puesto sólo en los ojos, los labios y el cabello; el resto del cuerpo tenía una pátina cerúlea.

Se cuenta que las ciudades de Cos y Cnido querían adquirir una Afrodita, Praxíteles le dio a escoger entre las que tenía terminadas, los de la ciudad de Cos prefirieron la vestida, las de Cnido aceptaron la desnuda. Todos los amantes del arte acudieron a ver el maravilloso mármol Afrodita de Cnido, el templete debió ser construido siguiendo la inspiración de la Diosa, era abierto, lo cual permitía admirarla por todos sus lados.

Por años, la escultura clásica griega fue considerada como una fantasía perfeccionista, un ideal imposible. Sin embargo, ahora sabemos que muchas de las exquisitas estatuas de los siglos V al III a. C. eran hechas a partir de una persona real cubierta con yeso, el molde creado era usado para producir las esculturas. Quienes tenían suficiente tiempo libre podían pasar hasta ocho horas al día en el gimnasio, un ciudadano ateniense o espartano promedio habría estado seriamente en forma, la hermosura era frecuentemente un deporte competitivo.

Cualquier hombre de labios gruesos y mejillas cinceladas de la Grecia antigua estaba consciente de dos cosas: que su belleza era una bendición, un regalo de los dioses y que su perfecto aspecto exterior resguardaba una perfección interna. Para los griegos, un cuerpo hermoso era considerado la evidencia de una mente hermosa. Incluso, tenían una palabra para ello: kaloskagathía, agradable a la vista y, por ende, ser una buena persona, su más alta expresión la hallamos en los versos de la poetisa Safo y en las esculturas de Praxíteles.

El Efebo de Maratón y el Atleta de Antikythera, tienen en común además de ser hallados en el mar donde naufragaron camino a Roma, son los dos únicos originales fundidos en bronce con pocos años de diferencia respectivamente. La tersa limpidez de la materia y el equilibrio de sus cuerpo de influencia Praxitélica, hacen de el Efebo y el Atleta, la viva imagen de la juventud, los cuerpos musculosos de los atletas anunciaban la madurez del hombre cuyos gruesos labios se abren con la temperamental seriedad del escultor Scopas.

La belleza en el arte griego
Atleta de Antikythera. Escultor Scopas, año 340 a.C. Museo Nacional de Atenas

El arte clásico tardío aparece profundamente ansioso de elevación y felicidad. Los dioses que viven por encima de los mortales se manifiestan bajo su forma más amable, sobrenatural y maravillosa. El Apolo de Belvedere ubicado en el Museo del Vaticano y la Artemisa cazadora llamada Diana de Versalles ubicado en el Museo de Versalles,  ambos copias romanas en mármol de los originales en bronce, atribuidos al escultor Leocares, son dos obras gemelas por su ligereza aérea y el fluido impulso de su dinamismo. El artista los ha sorprendido en plena acción. La instantaneidad del movimiento –Apolo con su arco tenso a punto de disparar; Artemisa tomando una flecha de su carcaj, se concentran en los brazos y la disposición de las piernas–. Como hábil contrapunto, la cabeza levemente echada hacia atrás, frena el movimiento y subraya la eternidad de la fugitiva aparición.

La belleza en el arte griego
Diana de Versalles. Escultor Leocares. Museo de Versalles.

No son solamente los aspectos perceptibles que expresan la belleza del objeto, en el caso del cuerpo humano también desempeña un papel importante las cualidades del alma y del carácter, que son percibidos con los ojos de la mente más que con los del cuerpo. La primera comprensión de la belleza griega aunque está ligada a las diversas artes que la expresan, no tiene un estatuto unitario, por ejemplo: en los himnos, la belleza se expresa en la armonía del cosmos, en la poesía se expresa en el encanto que hace gozar a los hombres, en la escultura la medida proporcionada y la simetría de sus partes, y en retórica en el ritmo adecuado.

En la Ilíada de Homero, los ancianos cantan con su voz subiendo y bajando como las cigarras: «¡Oh, qué belleza!» dicen. «Terrible belleza, belleza como la de una diosa«. Es el tipo de presencia que impulsa a los hombres a la distracción. La Helena literaria llevaba a los hombres a su lecho y a sus respectivas muertes, su belleza era un arma de destrucción masiva.

Sócrates no era muy agraciado y cuestionó en vano el valor que se le asignaba a la belleza física en su cultura. En el pensamiento griego todo tenía un significado intrínseco; nada carecía de sentido. La belleza tenía un propósito; era una realidad independiente, activa, no una cualidad nebulosa que sólo se convertía en realidad una vez que era discernida. La belleza era una parcela psicosocial que tenía mucho que ver con la personalidad y los favores divinos. Sócrates y su pupilo Platón estaban combatiendo en una batalla difícil. La cantidad de espejos hallados en tumbas griegas demuestran que la belleza era realmente importante.

Según el sentido común, juzgamos bella una cosa bien proporcionada, esto explica porqué desde la antigüedad la belleza se identificó con la proporción, aunque hay que recordar que en la definición común de belleza en el mundo greco-romano el deleite de la luz y el color también se unían a las relaciones de proporción. Fue Pitágoras con su escuela quien a partir del siglo VI a. C afirmará estos temas de manera explícita y comenzar a estrechar los vínculos entre cosmología, matemáticas, ciencia natural y estética.

Pitágoras, que probablemente durante sus viajes entró en contacto con las reflexiones matemáticas de los egipcios, es el primero en sostener que el principio de todas las cosas es el número. Los pitagóricos sentían una especie de terror sagrado ante el infinito o lo ilimitado, por eso buscaban en el número la regla capaz de limitar la realidad, de proporcionarles orden y claridad.  Con Pitágoras nace una visión estético-matemática del universo; las cosas existen porque están ordenada, y están ordenadas por que en ellas se cumplen leyes matemáticas que son a la vez condición de existencia y belleza.

Los pitagóricos son los primeros en estudiar las relaciones matemáticas con los sonidos musicales, las proporciones en las que se basan los intervalos, la relación entre la longitud de una cuerda y la altura del sonido. La idea de la armonía musical se asocia estrechamente a cualquier regla para la producción de lo bello. De igual manera las relaciones que regulan las dimensiones de los templos griegos, los intervalos entre las columnas o las relaciones entre las distintas partes corresponden a las mismas relaciones que regulan los intervalos musicales.

Según la mitología griega, Zeus había asignado una medida apropiada y un justo límite a todos los seres: el gobierno del mundo coincide así con una armonía precisa y mesurable, expresada así en las cuatro frases escritas en el templo de Delfos que dicen lo siguiente: “Lo más exacto es lo más bello”, Respeta el limite”, Odia la hybris  (la insolencia), “De nada demasiado”.

En estas reglas se basa el sentido griego de la belleza de acuerdo con una visión del mundo que interpreta el orden y la armonía como aquello que pone un límite al bostezante caos, de cuya garganta brotó según Hesíodo el mundo. Es una visión que cae bajo la protección de Apolo, que efectivamente está representado entre las musas en el frontón occidental del Templo de Delfos que data del siglo IV a. C. Pero en el mismo templo en el frontón oriental opuesto, está representado Dionisos, dios del caos y de la desenfrenada infracción de toda regla.

La presencia conjunta de estas dos divinidades Apolo y Dionisos no es casual, expresan una verdad que está presente y reconocida, la irrupción del caos en la bella armonía.


Bibliografía:

Historia del Arte. Fascículo 22. Salvat. España
Eco Umberto. Historia de la Belleza. Editorial Lumen. Italia
Gombrich E.H. Historia del Arte contada por Gombrich. Debate. España


Amarilys Quintero. Artista Intermedial- Comunicadora – Docente. Coordinadora de la plataforma dedicada a la educación, investigación y divulgación artística ARS SONORUS. Estudiosa y apasionada de la Historia del Arte.

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