la luz en la pintura

La luz en la pintura

Nos emociona pensar como pudo ser el encuentro de la pintura con la luz. No podemos permanecer indiferentes cuando imaginamos a los primeros pintores de la humanidad, con la luz parpadeante e inestable de antorchas, trazando dibujos y pintando figuras en los techos y muros de las oscuras cavernas. Allí donde la luz del sol nunca podía llegar, el hombre desafiaba a la naturaleza y hacía que las rocas cobrasen vida con los pigmentos distribuidos intencionadamente con sus propias manos. No sabemos exactamente cuales eran los motivos inmediatos que tendrían para iniciar esta actividad, aunque no es difícil suponer que obedecían sustancialmente  a un conjunto de creencias mágicos religiosas relacionadas con la caza que les proporcionara su necesario sustento.

Sin embargo, contemplando los primitivos conjuntos pictóricos rupestres, existe unanimidad en afirmar que ya es posible hablar de inspiración artística, de una sintética ordenación mental y de una indiscutible habilidad en el trabajo de estos artistas cavernarios. En todo caso estos primeros pintores quebraban con su arte la oscuridad del mundo subterráneo que, aunque acogedor frente a las inclemencias climáticas, nunca dejaba de ser sustancialmente inhóspito por la carencia de luz natural.

Un poco de historia…

Junto a los luminosos paisajes que irrumpían a través de la puertas y ventanas en los interiores mediterráneos, estaban los muros de los palacios cretenses con coloridas representaciones de un mar con delfines o con juegos de toros que iluminaban la vida de la corte minoica. También llenos de color los interiores de Pompeya, como los frescos de la Villa de los Misterios en los cuales bellos desnudos femeninos se recortan en un encendido fondo rojo; y en el Oriente, donde todas las culturas se han mezclados enriqueciéndose, han surgido las más bellas pinturas murales, incluso en remotos oasis en medio de desiertos de luz avasalladora e inclemente.  

Ni siquiera los siglos oscuros del la Edad Media fueron capaces de ahogar la inspiración de los pintores. Las paredes de los pequeños templos de sólida arquitectura y reducidas ventanas, siguieron vibrando con la luz cargada de color de las grandes superficies de pinturas murales religiosas planas, dibujadas y sin clarooscuros. A veces incluso aparecen en los muros de alguna iglesia escenas tan frescas y sorprendentes como el panteón de los reyes de la Basílica de San Isidoro de León que hacía que el mundo profano penetrase en el recinto religioso y lo llenase de vida.

Pero quizá la unión más perfecta de pintura y luz surge con la aparición de las grandes vidrieras de los templos góticos; es entonces cuando la propia luz natural tamizada por los colores elegidos por los artistas, llena el espacio y lo transforma completamente de manera que la metáfora religiosa se hace realidad material.

La atmósfera interior de las catedrales predominantemente azul, salpicada de rojo y otros colores es uno de los espectáculos más grandiosos y sutiles del arte, y nos trae a la memoria lo escrito por Leonardo da Vinci: “mirad la luz y admirad su perfección. Cerrad los ojos y observad: lo que habéis visto ya no existe, lo que veréis no existe todavía” . He aquí el incesante e incansable oficio de la luz, próxima y lejana camina sin contaminarse sobre los vertederos de penumbra o tinieblas. No ilumina para sí, sino para nosotros. El don del arte es concretar cualidades que habitan en todos los corazones, pero que sólo unos cuantos jubilosos nos las muestran.

Cuando Leonardo afirmaba que: la pintura lleva consigo luz y sombra, el mismo lo demostraba en su propia obra con el magistral equilibrio entre ambas, de tal manera que podemos considerar la famosa sonrisa de la Gioconda como una tenue luz que ilumina una figura rodeada de melancólicas sombras. Curiosamente Leonardo que obviamente no conocía la pintura prehistórica, especulaba sobre los orígenes del arte pensando que, la primera pintura fue sólo una línea que circundaba la sombra del humano proyectada por el sol de las paredes; idea muy intelectual que es interesante contrastar con el hecho cierto de que una de la primeras pinturas haya sido la del contorno de la propia mano del artista en la roca.

La batalla entre luces y sombras

En pintura europea barroca se resuelve una verdadera batalla entre luces y sombras. Uno de los aspectos pictóricos más aparentes y meritorios del estilo barroco es el claroscuro, llamado a veces tenebrismo. Consiste en hacer incidir la luz sobre objetos y personajes, creando unos efectos potenciados de luces y sombras que determinan una atmósfera y una perspectiva que llaman mucho la atención. Por ejemplo, en Holanda la genialidad de Rembrandt se nos manifiesta con su característica luz dorada que envuelve rostros de acusada personalidad sin olvidarnos de sus prodigiosos aguafuertes, como su famosas obras: Los cien florines y Las tres cruces, en los cuales la luz adquiere un protagonismo absoluto.

Johannes Vermeer. Dama bebiendo con un caballero. 1658-1660. Holanda

El pintor Vermer, por su parte nos ofrece en sus cuadros algo distinto, la armonía envuelta en una luminosidad pálida y continua que arropa a sus personajes de sencilla humanidad. También Velázquez, que había sufrido la influencia de Caravaggio en su juventud, a medida que entra en la madurez  encuentra una luz diáfana, de la cual son buenos testimonios los dos deliciosos cuadros de los jardines de la Villa Médicis de Roma, en los cuales la luz del sol es filtrada por las frondas de los árboles. Se plantea entonces que, desde Caravaggio hasta el último cuadro de Velásquez, la historia de la pintura es el gran viaje al país de la luz, de la luz efectiva que alumbra el mundo en que vivimos.

Los artistas de la luz

El siglo XVIII, llamado con toda propiedad el siglo de las luces  con su afán normativo y pedagógico, nos ofrece muchos ejemplos teóricos y prácticos sobre la luz en el arte, considerándola parte integral de la pintura y definiéndola como «alma y vida de todo lo visible» y afirmando que sin ella todo es un «caos tenebroso». En este siglo de las luces, la pintura neutralizó las fantasías barrocas y encontró un estilo más neutro y objetivo.

El primer biógrafo de Goya nos cuenta como el pintor en su vejez criticaba a los catedráticos y sus sistemas de enseñanza. Decía que enseñaban a dibujar siempre líneas y nunca cuerpos y se preguntaba dónde se veían esas líneas en la naturaleza, añadiendo que el no veía más que cuerpos iluminados y cuerpos que no lo están, planos que avanzan y planos que retroceden, relieves y profundidades, afirmaciones que no nos sorprenden en un artista que se reconocía a sí mismo discípulo de Velázquez y Rembrandt.

Francisco de Goya. El Aquelarre. Serie: Pinturas negras. 1819-1820. España

Goya con una paleta restringida de seis colores siente la luz como pocos artistas, incluso sus estampas y famosas pinturas negras siempre tuvieron colorido y luz porque Goya era un auténtico maestro de la luz, comparable con las marinas del pintor inglés William Turner, inmersas en inquietantes atmósferas doradas. A través de estos geniales precursores se puede afirmar que el Romanticismo enlaza directamente con el arte moderno.

Los impresionistas y sus inmediatos seguidores son excepcionales en su percepción de la luz, en sus obras el paisaje se hizo luz, luz del universo, del campo, de la ciudad, del mar, luz de la cotidianidad, de drama y de las fiestas. No debemos olvidar que el impresionismo le debe su nombre a la obra de Monet, Impresión del sol naciente, sin lugar a dudas el ejemplo más paradigmático de la luz emergente del cuadro.

Si bien el protagonismo de la luz en cualquier obra pictórica a lo largo de la historia ha sido significativo, es imposible pasar por alto la obra de un gran maestro de la luz, el pintor español de finales del siglo XIX, Joaquín Sorolla. Para el pintor, era la materia luminosa la que imprimía vitalidad en una pintura. Por ello, investigó todas las posibilidades que le ofrecía este fenómeno físico, aunque algunas de ellas quedaran olvidadas por el camino. El pincel de Joaquín Sorolla supo traducir con maestría lo que su ojo captaba. Las diferentes formas en que incide la luz en un objeto, la composición de una escena únicamente a través de los blancos, ese detallismo de motas lumínicas que no se contradice con pinceladas sueltas…

Joaquín Sorolla. Niños en la playa. 1916. Valencia-España

La luz tiene asociada la sombra, como duplicidad del objeto, como algo inmaterial y fantasmagórico. Asimismo, en sus pinturas la luz tiene reflejos sobre los espejos naturales que constituyen las masas de agua. El paisaje multiplica las imágenes sin querer en un bello juego de casualidades, del que participan los objetos que actúan como reflectores de rayos de luz. La naturaleza, salvaje o domesticada, provoca motas de luz bajo su manto. Las hojas hacen de filtro y la luz disipa por antojo. Sorolla capta entonces el momento idílico del que disfrutan los personajes en un entorno embellecido por la propia luz -objetivo que comparte con los impresionistas- y que plasmó durante el verano de 1907 en La Granja de San Ildefonso.

Cuando se piensa en la luz es inevitable que nuestra mente se pinte de blanco; lo mismo sucede con la obra de Sorolla. La gama de tonos conseguidos por el pintor en los vestidos y objetos, propicia la impresión de que son ellos mismos los que emanan la luz. Las telas de color rosas pueden considerarse el estandarte de la pintura lumínica de Sorolla, sus cuadros consiguen todo lo que ha buscado a lo largo de su vida: contraluz, luz filtrada, penumbra; en el pintor se resume la destreza de toda una carrera en busca de la iluminación perfecta, de una luz emocionante.

Armando Reverón: Paisaje. 1922. Venezuela
Armando Reverón: Amanecer desde Punta Brisas, Caraballeda. 1944. Venezuela

El pintor venezolano del siglo XX Armando Reverón, también fue reconocido como «el Pintor de la luz». Cuentan que para apresar la luz en sus cuadros se recluía varios días a la más profunda oscuridad de su Castillete. Con los oídos tapados, para que el silencio le aguzara los sentidos visuales, abría la puerta de golpe después de su largo encierro para mirar directamente al sol cegador. Así, encandiladas las pupilas, comenzaba a pintar en sus telas toda aquella luz tropical que su mirada había aprisionado de una vez.

Pocos meses antes de morir confesaba en una entrevista acerca de su eterno lance creativo y decía: «La luz, ¡qué cosa tan seria es la luz! ¿Cómo podemos conquistarla? Yo lo he intentado. Y esa ha sido mi lucha». Podemos afirmar con toda certeza que logró su conquista.

Si hubiéramos querido empezar por las primeras causas de la percepción visual, la luz debían haber precedido a todo lo restante, pues sin luz los ojos no pueden apreciar ninguna forma, ningún color, ningún espacio o movimiento. Pero la luz es algo más que la causa material de lo que vemos, incluso desde el punto de vista psicológico sigue siendo una de las experiencias humanas más significativa y poderosa.

En condiciones culturales especiales, la luz entra en la escena del arte como agente  activo. La pintura nos es más que el desposorio de la luz. Un desposorio en que la luz acepta ser manejada, no dominada como sucede en otras artes. En el arte, la poiesis platónica, la creación, la poesía definitiva es como un líquido que adquiere la forma en que se vierte. Y en tal creación tomará el aspecto de escultura o música o arquitectura o literatura o pintura, según su dominación que ejerza sobre el volumen o el tiempo o el ritmo o la palabra o el color o la luz.  Pero la luz no se deja domesticar, sino que reta al que la mira e impone su infinita monarquía.

El que es pintor abre, al nacer en el más estricto de los sentidos, los ojos a la luz, Y la luz le dará el más estricto sentido a su vida. La luz es así la plenitud  de un momento en sí mismo; el momento en que nos arrebata y se suprime la conciencia del yo; el momento en que nada falta, o sobra y quedará en el lienzo retratado. Porque la luz interior responde a la luz exterior, la aprehende y la conjura.

Bibliografía:

Martínez Novillo A./ Triadó Juan Ramón. La luz en la pintura. Prologado por Antonio Gala. Barcelona. España
Catálogo de arte. La obra de Armando Reverón. Caracas – Venezuela.
Pons-Sorolla Blanca/ Joaquín Sorolla. Sorolla. Obras maestras.

Amarilys Quintero. Artista Intermedial- Comunicadora – Docente. Coordinadora de la plataforma dedicada a la educación, investigación y divulgación artística ARS SONORUS. Estudiosa y apasionada de la Historia del Arte.

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