Frescos de Pompeya

Los frescos de Pompeya

Nuestro viaje se dirige hoy al sur de Italia, especialmente cerca de la costa de la bahía de Nápoles, allí se encuentra Pompeya un vasto sitio arqueológico ubicado en la región de Campania. Pompeya fue una ciudad romana desarrollada y sofisticada que quedó enterrada bajo metros de cenizas y piedra pómez después de la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d.C. El sitio bien preservado cuenta con ruinas excavadas que los visitantes pueden explorar libremente en la actualidad.

Cruzar las puertas de Pompeya significa retroceder casi 2.000 años en el tiempo. Esta urbe del sur de Italia, situada a los pies del Monte Vesubio, conserva sus calles, casas, tabernas, templos y demás edificios, tal y como sus habitantes y la furia del volcán los dejaron en el siglo I. Lo que un día fue una próspera ciudad portuaria (aunque hoy el mar queda a varios kilómetros de allí) se ha convertido en uno de los yacimientos arqueológicos más importante de lo que queda de la civilización romana.

Antes de la erupción, Pompeya tenía un poco más de 12.000 habitantes. Las excavaciones comenzaron en el siglo XVIII pero en la actualidad se siguen produciendo nuevos hallazgos que nos permiten conocer su riqueza un poco mejor. En Pompeya conviven a diario turistas y arqueólogos. El trabajo de estos últimos sigue sacando a la luz imponentes edificios, impresionantes pinturas y datos reveladores sobre la historia de la ciudad y su trágico final.

Pompeya fue un lugar de veraneo para los romanos de buena posición económica. Casi todas las casas y villas de la ciudad contaban con pinturas en sus muros, en sus columnas, panoramas pintados e imitaciones de cuadros y escenas. Esas pinturas, a pesar de no ser consideradas obras maestras, es sorprendente observar cuanta destreza artística existía en una ciudad pequeña y más bien de escasa importancia. Difícilmente se hallaría algo tan excelente si una de nuestras poblaciones costeras fueran excavadas en la posteridad.

Los decoradores de interiores de Pompeya  y de la ciudades vecinas de Herculano y Stabias explotaban libremente el acervo de las creaciones de los grandes artistas del período helénico griego. En las pinturas encontramos figuras de gracia y belleza tan exquisitas como la representación de una de las Horas cortando una flor mientras danza, o la cabeza de un fauno que nos da la idea de la maestría y facilidad alcanzada por esos artistas en el manejo de la expresión. Casi todo lo que puede entrar en un cuadro puede hallarse entre esas pinturas murales de Pompeya.

Para el arte griego de la época de Fidias y Praxíteles, la figura humana continuaba siendo el  objeto principal de interés del artistas, sin embargo el periodo helenístico, época en la que los poetas como Teócrito descubrieron el encanto de la vida sencilla entre los pastores, también los artistas trataron de evocar los placeres de la campiña para los viciados habitantes de la ciudad.

La pintura pompeyana

Cuando se habla de la pintura romana se hace referencia en gran medida a las numerosas decoraciones murales que las excavaciones han sacado a la luz en Pompeya y Herculano. En efecto es bastante escasa la documentación que  nos ha llegado de Roma misma y de las otras ciudades del imperio. Sin embargo las dos pequeñas ciudades de la Campania, sepultadas por la dramática erupción del Vesubio del año 79 d. C., nos han hecho llegar casi intactos siglos de pintura que nos permiten trazar la historia de ese arte en la provincia romana durante casi 200 años: desde el comienzo del siglo I a. C hasta el fin del siglo I d. C. Se trata de obras que en su mayor parte, copian o por lo menos se rehacen a ejemplo de modelos perdidos de la pintura helenística tardía. Por eso es bastante difícil pronunciarse sobre la originalidad o no originalidad de la pintura romana con respecto a ejemplares que ya no existen.

Las pinturas y frescos de Pompeya, no son vistas reales de una casa de campo en particular o de un bello paraje. Son más bien conglomerados de todo aquello que constituye una escena idílica: pastores y ganado, santuarios sencillos, casas de campo y montañas en la lejanía. Cada cosa estaba encantadoramente colocada  en esos cuadros y paredes, y el conjunto se contempla desde su aspecto más propicio. Frente a esas obras experimentamos la sensación de que estamos observando realmente una escena apacible.

Frescos de Pompeya
Casa Pompeyana. 79 d.C.

Sin embargo estas pinturas son mucho menos realistas de lo que a primera vista podríamos creer, el hecho es que los artistas helenísticos ignoraban lo que nosotros llamamos las leyes de la perspectiva, que se necesitó otro milenio para descubrirlas, es por eso que las obras más evolucionadas, más libres del arte antiguo conservan siempre algo del principio plano y lineal del arte egipcio. Pero en las obras de Pompeya el conocimiento de los lineamientos característicos de los objetos particulares, cuenta mucho más que la impresión real por medio de los ojos. Esto no supone falta alguna en estas obras artísticas que deba lamentarse o menospreciarse, puesto que dentro de cualquier estilo es posible alcanzar la perfección artística.

El arte presenta en el suelo itálico un panorama complejo y muy difícil de definir por las diversas influencias que se sobrepusieron a las características indígenas. Mientras que en la península y las islas griegas fue fácil seguir un desarrollo rápido y coherente desde la Edad de Bronce hasta el pleno florecimiento de lo clásico, la situación del entorno itálico se presenta muy confusa, debido al origen de los diferentes pueblos que lo habitaban en ese momento. Cuando los griegos desembarcaron en Italia en el siglo VIII a.C. hallaron poblaciones ligures, vénetas, picenas, sabelias, etruscas, latinas y umbras. Ninguno de estos pueblos poseía aún una verdadera conciencia artística, existía sí, una tradición artesanal que se aplicaba a la cerámica y en el trabajo de los metales.

Para disfrutar del arte de Pompeya, debemos remitirnos en la historia a dos grandes influencias y precedentes: los etruscos y los griegos. Los etruscos fueron un pueblo de la antigüedad cuyo núcleo geográfico fue la Toscana, extendiendo su dominio desde el Valle del Po hasta el golfo de Nápoles, eran llamados tyrrhenoi, por los griegos; y etrusci, por los romanos. Fueron un pueblo marítimo dedicado intensamente al comercio, especialmente con el Oriente, esto explica el nexo cultural que le une a Grecia durante todo el curso de su historia. La mitología enlaza estrechamente las creencias del pueblo etrusco con el griego. Los etruscos fueron el único pueblo que llegó a crear en tierra itálica, una civilización y un arte evolucionados bien determinados antes de la llegada de los romanos. 

La incidencia de su arte se manifestó en las prácticas rituales de carácter mágico y la creación de pinturas murales. Para ponderar la importancia de estas pinturas, podemos decir que todo lo que se pintó en la antigüedad, únicamente han llegado a nosotros dos vastos conjuntos: la pinturas murales etruscas y las que decoran las casas de Pompeya y Herculano. En el siglo V, los etruscos, acosados por celtas, griegos y romanos se fueron debilitando, asimilando así la cultura romana.

La Villa de los Misterios

Importado desde Oriente, el culto misterioso de Dionisio (Baco para los romanos), alcanza tanta difusión, que ya en el año 186 a.C. provoca la intervención del senado, prohibiéndolo radicalmente La condena no resultó muy eficaz, ya que dos siglo después, una noble dama Pompeyana podía cubrir con pinturas al fresco representaciones de ceremonias dionisíacas, toda una sala de su casa de campo, llamada La Villa de los Misterios. Los momentos culminantes del culto se suceden en las paredes de la Villa, en una de las escenas muestra una doliente figura femenina, asistida por otra que la consuela, se inclina bajo el golpe del látigo en un rito de purificación y penitencia al lado de la sacerdotisa de Dionisio. La figura de Venus, protectora de Pompeya triunfa por doquier en la pintura mural de la ciudad. Sobre un fondo brillante de color verde, una muchacha avanza con pasos ligeros sosteniendo una canasta de flores. La gracia inimitable de la figura, la tierna armonía de los colores, la fresca delicadeza de su ropa hacen pensar en la primavera, y efectivamente este es el sobrenombre que le quedó.  

Hay una pintura muy especial titulada: “La Muchacha del cálamo” que se ha querido identificar con la apasionada poetisa griega del siglo VI a.C. que fue Safo de Lesbos, de la que se dice que acabó suicidándose por amor. La suavidad de los colores, el gesto de la muchacha que apoya el cálamo en sus labios como si esperara la llegada de la inspiración. Su gracia indolente y pensativa hace de este retrato idealizado uno de las obras más amables de la pintura pompeyana de mediados del siglo I d. C. Una red dorada recoge sus cabellos de la que unos rizos indómitos escapan y rodean el rostro plácido y desenvuelto, apoyados en unos pendientes de oro que tintinean en torno al delicado cuello. Los ojos almendrados, que con un ligero estrabismo lo hacen secretos y ambiguos, nos trasmiten viejos sueños adolescentes, que sin embargo intuimos como propios, porque soñar es de humanos y en dos mil años poco o nada ha cambiado. La extraña proximidad de la “Muchacha del Cálamo” es una prueba palpable de ello. Sea quien sea la frágil mujer de rostro delicado, lo cierto es que esta pintura constituye la obra maestra de la sensacional pintura de Pompeya. Tendríamos que esperar casi un milenio y medio para encontrar, en toda la pintura occidental, un retrato de una penetración psicológica comparable a este.

Safo de Lesbo. Poetisa griega del siglo VI a.C representada en esta pintura pompeyana

Los estilos de la pintura pompeyana

El análisis estilístico de los conjuntos pictóricos de Pompeya y Herculano dio como consecuencia la fijación de los célebres cuatro estilos pompeyanos, cada uno de los cuales ha sido objeto de numerosos estudios. Las diferencias entre unos y otros no son siempre claras. Así, se justifica la mezcla y superposición de estilos en una misma casa e, incluso en la misma estancia. Las técnicas empleadas fueron principalmente el fresco, el estuco y la encáustica.

La pintura al fresco era aplicada sobre la pared aún húmeda, así los colores penetraban en ella profundamente. También se utilizó la técnica del falso fresco, que consistía en dar los colores diluidos en cal sobre la pared seca. La pintura sobre estuco era la que se daba sobre una pasta de cal apagada y mármol pulverizado. La pintura a la encáustica consistía en la utilización de colores mezclados con cera sobre el enlucido seco.

Los cuatro estilos pictóricos que se aprecian son: la incrustación que pretendía simular las placas de mármol que revestían las paredes de los edificios y mansiones decoradas con ricos materiales, a imitación de lo que se hacía en las grandes ciudades helenísticas. El segundo estilo, el de perspectiva arquitectónica de creación romana, donde sus composiciones invaden las paredes con escenas o cuadros mitológicos. La pared desaparece para ceder parte a una ornamentación compleja, estas representaciones coinciden con los momentos de esplendor que vivió Roma bajo César y Augusto, corresponden las creaciones más bellas del conjunto pompeyano, como por ejemplo la decoración de la Casa de los Misterios. El tercer estilo mixto u ornamental  donde aparecen representaciones de niños, ornamentos ligeros y edificios fantásticos El cuarto se llamaría: ilusionista o escenográfico, predominaron los colores vivos donde se observaba una predilección por las entonaciones claras, impuestas por los fondos blancos. En todas las composiciones preside la intencionalidad de diluir la presencia física de la pared.

La gran erupción del Vesubio sepultó Pompeya bajo una gran capa de material volcánico que la conservó durante cientos de años tal y como era en el siglo I d. C. Las excavaciones comenzaron en 1748, donde la antigua ciudad romana llamó la atención de viajeros de muchos países. Hoy el yacimiento arqueológico es una de las principales atracciones turísticas de Italia.

Recorrer las calles de Pompeya es como pasear por el pasado. Allí se alzan, desafiantes al paso del tiempo, impresionantes edificios como el anfiteatro, el gimnasio grande, las termas, el templo de Isis o el de Apolo. También se conservan tabernas, panaderías, lavanderías y el Lupanar de la ciudad, con sus camas de piedra y sus escenas eróticas pintadas en las paredes.

Hoy cuando los turistas contemplan las históricas calles de Pompeya, la maravilla que provoca redescubrir esta antigua civilización, empaña el horror de su tragedia.


Bibliografía:

E. Gombrich. La historia del Arte contada por Gombrich. Editorial Debate. España.
Fascículos. Historia del Arte. Ediciones Salvat. España.
Fascículos. Enciclopedia de las Artes. Arte/Rama. España.

Amarilys Quintero. Artista Intermedial- Comunicadora – Docente. Coordinadora de la plataforma dedicada a la educación, investigación y divulgación artística ARS SONORUS. Estudiosa y apasionada de la Historia del Arte.

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